viernes, 21 de mayo de 2010

HABLEMOS DE CREENCIAS


MI PRIMER PASO

Desde que el hombre tomó conciencia de su existencia, apareció las primeras manifestaciones espirituales, desde un proceso propio, interno, a un proceso, externo, participativo y dirigido hacia el grupo o comunidad. Sus primeros pasos fueron al ritmo de las fuerzas de la naturaleza, también del miedo a ciertos animales, e incluso plantas, y posteriormente, por su instinto natural, su desconocimiento, se apoya cada vez más en las divinidades, ideadas a semejanza del hombre, y a las que deposita su fe. Con el proceso del tiempo eligen, a semejanza de los humanos, unas tríadas supremas. La primera que conocemos, la componen: Anú, Bilú y Ea; la segunda triada, emana de la anterior, y la constituyen Shamashi, el dios-Sol, Sin, el dios-Luna, y Adad, el dios Atmósfera.
Les siguen otros cinco dioses:
Ninip (Saturno); Marduk (Júpiter); Nergal (Marte); Ishtar (Venus) y Nabú (Mercurio).
Marduk es elevado por los babilonios, al rango de dios principal y se fundió con Bel. Estos dioses, junto al dios superior, formaban el consejo de los doce dioses, presidiendo los doce meses del año y los signos del Zodiaco. Luego, estaban además los que se llamaban los treinta y seis decanos, que eran como dioses secundarios. En fin, se agrupaban, o mejor dicho, coexistían. Cada uno de ellos gozaba de la preferencia de una familia, tribu o pueblo. Es el caso, de Marduk en Babilonia; Bel en Nihur; Sin en Urú; o Anú en Uruk. Es decir, en tiempos muy remotos, ya se diferenciaba la idea transcendental de que los seres sobrehumanos eran superiores respecto de la realidad humana. Es probable que esta idea naciera en el área mesopotámica y que de allí fuera exportada a través de un proceso de difusión. Bien por las relaciones comerciales de diferentes regiones o por los efectos de la guerra que hacía que el vencedor impusiera sus dioses al vencido. Sin, el dios Luna se impuso cuando Urú ejercía su influencia en su zona. A esto le se llama politeísmo, por diferencia al monoteísmo.
El politeísmo es expresión y producto de las llamadas civilizaciones evolucionadas o superiores, que conocen la escritura, la especialización, la distribución del trabajo, la articulación, la estratificación y la jerarquía social, etc., a las que proporciona los fundamentos de la identidad y de la unidad a través de la unicidad del panteón y la identidad de los dioses. En su manifestación más típica, las divinidades del politeísmo aparecen organizadas en un sistema unitario («panteón»), orgánico, superior al mundo humano.
Las divinidades son inmortales, aunque no existen ab aeterno, relacionadas por vía genealógica y por vínculos de parentesco. Este panteón generalmente es el producto de una evolución del mundo, que va de una situación de desorden y caos, donde todo aparece indiferenciado, a una condición de orden cósmico, establecido por los dioses que van apareciendo progresivamente, en el que todos los elementos de la realidad asumen una identidad específica de rasgos predominantemente antropomórficos.
Por lo tanto, el politeísmo es un modo de pensar el mundo de forma sistemática por medio de los dioses. Y es casi obligado que éstos posean también una identidad y sean «personales», es decir, dotados de una personalidad propia, pero que al mismo tiempo los denota en cuanto categoría de seres sobrehumanos y los hace diferentes entre sí.
Sin embargo, siempre se ha utilizado la figura del interlocutor, aquel que podía leer las fuerzas de la naturaleza, los mensajes de los espíritus de los dioses, estos eran lo que se denomina “el sacerdocio mágico”, los conjuradores, los curanderos o médicos y los teósofos (sabios en materia de dioses), que convivían con los hechiceros y hechiceras, los que echaban suertes, etc. Un conjunto, único muy jerarquizado, descrito mediante mitos, leyendas y obras sagradas, que debido a un entramado muy consolidado de transmisión, oral o escrita, su conocimiento es acumulativo, es decir, es ampliado por la especulación de los individuos dedicados a ello, o bien por contacto intercultural. Estos hombres privilegiados, conocían, usaban y transmitían un conjunto de normas, liturgias y doctrinas religiosas que se suele señalar como politeísmo. Práctica que se daba generalmente en sociedades igualmente jerarquizadas, con una gran demarcación en clases sociales. Ejemplos habituales se darían en el Antiguo Egipto, en la cultura clásica griega y romana o en el hinduismo. Algunas creencias politeístas sitúan además la preeminencia de un dios sobre el resto del panteón (culto conocido como henoteísmo), lo que hizo creer a los antropólogos evolucionistas que éste sería el paso natural al monoteísmo.
Si hemos hablado de politeísmo, no menos importante, para luego adentrarnos en las diferentes manifestaciones religiosas, es el totemismo, conjunto de costumbres, supersticiones y creencias, del que es objeto el tótem, por parte de una tribu, familia o individuo.
El tótem, por lo general, queda representado por un animal considerado como el antepasado de una tribu, clan, o persona. También puede ser, aunque con menos frecuencia, una piedra, astro, planta o flor. Podemos considerar al tótem como un objeto religioso, y es generalmente “taboo” para los miembros de una tribu, a la que no se puede matar o comer. En África está muy extendido su culto. También entre los índios americanos, los aborígenes de Australia, en las islas de Polinesia y en los dyacs de la India.
Si tuvieras que diferenciar entre las dos formas de practicar la comunicación los dioses, podríamos decir, sin equivocarnos, que los pueblos más arraigados a la naturaleza, por su forma de vida, utilizaban el totemismo como ritual de comunicación, mientras que los pueblos, conocedores, de la escritura, los que se reunían en formas más urbanas, en ciudades-estados, utilizaban la primera. Y esta diferenciación hay que tenerla en cuenta a la hora de penetrar en las distintas formas de creencias y religiones.
Ahora, hemos dado nuestro primer paso. El segundo, será el culto a los espíritus, no tardaremos en darlo.

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